Nos deja uno de los grandes emblemas que ha tenido el Lauburu en toda su historia. Un jugador que en la actualidad acumulaba su temporada número 15 en el club, lo cual significa que, a sus 30 años, ha pasado media vida defendiendo la camiseta morada en las pistas.

Pero, además, no sólo se ha pasado media vida como jugador, sino que es también parte del 50% de la historia del club, que camina ya hacia sus 30 años. Es un jugador que nace cuando nace el Lauburu. Aunque se engancha deportivamente hablando cuando es cadete, lo hace ya formando parte del División de Honor Juvenil. Desde ese momento, no se desengancha del club y vive diferentes etapas, participando en diferentes categorías: desde la base, hasta este último ciclo de 6 temporadas consecutivas en 2B Nacional.

Es tanto su peso en el club morado que, realmente, no nos abandona. Ya hace dos temporadas, la junta directiva entendió que tenía que empezar a trabajar en sus herederos para poder seguir remando en el desarrollo del proyecto. De ese modo, se empezó a trabajar en una transición desde un punto de vista generacional, de manera que empezasen a tantear cómo era la parte más interna, más organizativa. Como resultado, hace temporadas, se creó un equipo de trabajo entre Joseba Balerdi, Jon Garmendia y Aitzol. Así, de alguna forma y para ir conociendo la casa por dentro, pasaron a ser parte de la junta directiva aún siendo jugadores y en modo de colaboración inicial.

Con ello, ya desde el final de la temporada pasada, Aitzol empezó a formar parte del proyecto del Lauburu y a trabajar desde otro ámbito; con la vista puesta en lo que acaba sucediendo ya esta temporada: dejar de jugar a sus 30 años.

Para el Lauburu, Aitzol es una pieza clave y es una alegría el hecho de que, aunque deje de jugar, siga estando presente. No hay duda de que tiene ADN morado y, por tanto, va a seguir trabajando para el proyecto y, en especial, para esa transición generacional que hay que cuidar muy mucho.

La historia está llena de clubes y de experiencias negativas en las que, si no se trabaja esa transición, los proyectos duran unos ciclos que luego acaban muriendo. Nuestro deporte es minoritario y es difícil captar personas que estén dispuestas a trabajar desde el voluntariado. Poder disponer de gente como Aitzol, que respira el Lauburu por los cuatro costados, es un motivo de muchísima alegría para el club. De aquí en adelante, seguiremos contando con él en otras áreas y seguirá siendo uno más de la familia piparrera.